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jueves, 26 de enero de 2023

Los archivos de "Influencias"

Programa de Música conducido por Sergio Pujol (historiador,, docente y ensayista especializado en música popular. Enseña Historia del Siglo XX en la Facultad de Periodismo de la UNLP e integra la carrera de Investigador Científico del CONICET) Radio Universidad de La Plata AM 1390 "Desde su creación en 1979, “Influencias” se ha dedicado a elegir con apasionado cuidado aquella música creativa comúnmente ignorada, o directamente erradicada de los grandes medios. Muchas cosas han cambiado a lo largo de todos estos años: estilos, soportes, instrumentos y nuevas formas de comunicación, como la que en este momento estamos sosteniendo. Sin embargo, pensándolo bien, quizá aquel propósito de los comienzos aún siga teniendo sentido." Los ultimos podcasts de "Influencias"
,para ponerse al dia.

miércoles, 5 de junio de 2019

Carlos Melero & Sergio Pujol en La Cupula

Para anotar en la agenda:


5 de junio
Duke Ellington (Cine Metro, 1971)
Count Basie (Teatro Ópera, 1969)
Modern Jazz Quartet (Teatro Opera, 1987)


12 de junio
Stan Getz (Teatro San Martin, 1973)
Gerry Mulligan (Teatro Ópera, 1985)
Dexter Gordon (Teatro San Martín, 1981)


19 de junio
Carmen McRae (Teatro Coliseo, 1974)
Sarah Vaughan (Teatro Gran Rex, 1972)
Betty Carter (Teatro Ópera, 1987)


26 de junio
Bill Evans (Teatro Gran Rex, 1973; Teatro General San Martín, 1979)
Teté Montoliú (Teatro Coliseo, 1987)
Michel Petrucciani (Auditorio Belgrano, 1992)
Oscar Peterson (Teatro Gran Rex, 1998)


Carlos Melero: la memoria sonora del jazz en Argentina Miércoles de junio, 19h - La Cúpula

"En conversaciones con el periodista especializado Sergio Pujol, Melero compartirá con el público del CCK sus historias detrás de escena y los audios de aquellos grandes conciertos que, con su grabador Revox, supo capturar sigilosamente a través de los años. Dice Pujol: “Carlos Melero ha sido el hombre clave detrás de la consola, el mediador perfecto y un tanto secreto entre el escenario y la platea. La mayor parte de los grandes conciertos de maestros internacionales del jazz en Buenos Aires contó con su sapiencia técnica y su sensibilidad de oyente calificado”.

Cuatro citas imperdibles para melómanos, músicos, investigadores y estudiantes de carreras relacionadas al sonido. Una posibilidad única de escuchar una música gloriosa –e imposible de encontrar en otro lado– grabada por un profesional excepcional. Cuatro noches para revivir toda la grandeza del jazz mundial en Buenos Aires."

Las entradas son gratuitas y se podrán retirar personalmente a partir del jueves anterior a cada función, de 12 a 19, en Sarmiento 151, hasta agotar la capacidad de la sala (y hasta dos entradas por persona).  Las reservas deben retirarse desde el mismo jueves, de 12 a 19, y hasta dos horas antes del espectáculo.






domingo, 26 de noviembre de 2017

Dos productores

Uno nacio en Rusia y el otro en Buenos Aires.Ambos dejaron una huella muy importante en la musica del siglo XX .Sus nombres resultan familiares para cualquiera que leyera las contracaratulas de los discos.
George Avakian identificado con la mejor produccion jazzistica quedara identificado para siempre con  la compañia Columbia.Nacio en Rusia de padres armenios que emigraron a los EEUU a mediados de los años veinte.Estudiando en la Universidad de Yale se puso en contacto con la compaña Decca para convencerlos (y conminarlos)a re-editar a los mejores jazzistas del movimiento de Chicago.Asi nacio un album de pesados discos de 78 rpm titulado "Chicago Jazz".
Un tiempo despues la compañia Columbia lo invito a hacer un trabajo similar con una serie historica titulada "Hot Jazz Classics".
El resto es historia .Avakian  tambien produjo con su hermano la pelicula "Jazz en una noche de verano",fallecio el miercoles 22 de noviembre a los 98 años.

Sobre el fallecimiento del productor argentino  Alfredo Radoszynski escribio  Sergio Pujol  una emotiva nota para "Pagina 12" :

"Alfredo Radoszynski murió el pasado 15 de noviembre a los 91 años de edad. Fue el productor independiente más importante de la música argentina. Su sello Trova editó a Les Luthiers, Porteña Jazz Band, Susana Rinaldi, Cuarteto Zupay, Astor Piazzolla, Vinicius de Moraes (con Toquinho y María Creuza), Chico Novarro, Alberto Favero, Jorge López Ruiz, Litto Nebbia, Pedro y Pablo, Aquelarre, Roque Narvaja y Enrique Villegas, entre otros..."

"...Distiéndase, Duke. Soy un productor independiente de un país remoto. Mis discos no andan por el mundo, no compiten. Yo sólo produzco lo que nadie quiere editar para el disfrute de mis compatriotas. Mi vocación es contagiar a la gente de la música que me da placer y emoción. Mi padre era un comerciante judío de Villa Crespo que no tuvo la oportunidad de poder elegir el camino de su vida. En cambio yo soy libre, como el jazz. Mi padre siempre me alentó para que hiciera música sin ser músico. Y acá me ve, siendo el productor de mi gusto. Mi negocio es el no-negocio."
(Sergio Pujol:"Un disco de madrugada" en Pagina 12 -domingo 26 de noviembre 2017)https://www.pagina12.com.ar/78120-un-disco-de-madrugada


(Un domingo de 1968 en la madrugada en Buenos Aires:Paul Gonsalves,A.R,Willie Cook y Stanley Dance)

jueves, 12 de agosto de 2010

La reedicion del 2004 de un libro clasico.


Contar una historia para contar la Historia. Discépolo, los inmigrantes, María Elena Walsh, el baile popular o el jazz. De lo que se trata, para Sergio Pujol, es de mirar alrededor. Y después empezar a escarbar, a inquirir, a contar. “Fue un hallazgo incidental”, cuenta a Radar. “Estaba trabajando sobre las canciones de los inmigrantes; recién empezaba a investigar. Hacía poco que me había recibido de profesor de historia y venía haciendo crítica musical desde hacía dos años. De pronto, comencé a encontrarme con referencias a orquestas de baile que eran, indudablemente, orquestas de jazz, en revistas como Sintonía o El Alma que Canta. Y empecé a tomar nota y a hacer un fichero paralelo.” Ése es el principio de, por lo menos, dos de las microhistorias que le interesan a Pujol: la del jazz en la Argentina, por supuesto; pero también la de Jazz al sur, un exhaustivo libro que sentó un referente en la materia y que ahora, doce años después, Emecé acaba de volver a publicar en edición corregida y aumentada. Una edición que muestra, como un emblema, al Gato Barbieri en la tapa, y que va desde Roberto Firpo haciendo Over there o El tomacorrientes hasta nombres como los de Ernesto Jodos, Luis Salinas, Mariano Otero o Adrián Iaies.
“La idea era ver si podía unir ese pasado un poco fantasmal, que había quedado un poco tapado por el tango, con una realidad bastante intensa, en un momento en que uno todavía podía escuchar a Oscar Alemán o al Mono Villegas, y en Jazz y Pop podía escucharse de todo y todos los días. Empecé a hacer entrevistas y a armar un primer índice del libro. En realidad, sabía muy poco acerca del jazz en la Argentina antes de los años sesenta. Sabía que había habido, como en Alemania o en Francia. Pero no me parecía que fuera un tema particularmente relevante. A partir de allí, sin embargo, encontré historias fascinantes. De antihéroes musicales que contaban, a su manera, la historia del país: tipos que habían tocado durante años en las orquestas estables de los canales de televisión; músicos como Enrique Varela, o Pichi Mazzei, o el Zurdo Roizner; personajes como Santiago Giacobbe, que había tocado con Piazzolla y había formado un grupo interesantísimo, Quinteplus. Hasta ese momento, esas historias no tenían registro; ni siquiera tenían demasiado registro discográfico, lo que supongo que debe ser angustiante para un músico de jazz, para quien el disco es la prueba de los éxitos o fracasos. Allí había carreras enteras, como la de René Cóspito, que estaban perdidas. Historias de orquestas de jazz y típica, de estudios de radio, de cine mudo con banditas tocando al mismo tiempo.”
Con el jazz hay una especie de condena previa que tiene que ver con el tema de la nacionalidad y, en particular, a partir de las décadas de 1960 y 1970, con la idea de “autenticidad” –que desde el rock se extiende a otras músicas– y con el nacionalismo, que empieza a ser parte del pensamiento de izquierda, sobre todo en el ambiente más ligado al consumo cultural.
–Creo que el jazz, durante toda la primera mitad del siglo XX, fue una música que chocó con los nacionalismos. Por algo fue especialmente combatido por el nazismo, con argumentaciones muy similares a los del decálogo de 1943, en la Argentina, donde se buscó, entre otras cosas, limpiar el tango de obscenidades e impurezas lingüísticas. Me parece que el jazz siempre fue una música internacional, hecha en distintas partes por músicos de distintas procedencias que, en todo caso, se sentían hermanados precisamente por esa suerte de lingua franca que estaba más allá de las nacionalidades. No tiene sentido hablar de escuelas nacionales de jazz; no las hay. Puede haber acentos locales; algún timbre, como el violín o el acordeón en Francia o el bandoneón en la Argentina, algún giro melódico o algún ritmo particular. Pero lo interesante del jazz es precisamente que no puede explicarse a partir de la identidad nacional. Ni siquiera en Estados Unidos, donde nace como una forma regional, muy vinculado a una comunidad en especial, y se vuelve internacional al muy poco tiempo. El jazz logra una especie de identidad trasnacional ya desde sus orígenes. Durante esos primeros años del siglo pasado, entonces, el jazz es un cuestionamiento al fanatismo. Y ahora, de nuevo a contrapelo, mientras hay una cultura hegemónica globalizada, el jazz aparece como la música de la memoria.
¿Hay un jazz argentino?
–No, claro. Hay un jazz en la Argentina y hecho por argentinos. Pero no hay jazz argentino, de la misma manera en que no hay jazz francés.
Hay, en todo caso, estilos personales muy fuertes, en una música en la que los estilos personales son esenciales. Estilos que pueden identificarse con cierto lugar, como los de Django Reinhardt en la París de los años treinta o, actualmente, Dino Saluzzi, que a nadie dejaría de sonarle argentino, aunque más no fuera por el sonido del bandoneón y por cierta manera de frasear que no viene de la tradición del jazz sino de otros lados.
–Es que, por otra parte, el jazz siempre ha sido muy amplio y generoso desde el punto de vista organológico. Se puede tocar con cualquier instrumento, cosa que no sucede con el tango, que ha sido muy reacio, por ejemplo, a los instrumentos de viento. Cuando un saxofonista hace tango siempre suena un poco extranjero; el género aparece un poco violentado. Y hay, además, una fuerte identificación con algunos timbres en particular: el bandoneón, las cuerdas. En el jazz está el sonido de los instrumentos de banda, desde ya. Pero también se hace jazz con cello, con violín, con arpa, con oboe, con trompa, con sitar, con acordeón a piano. Se trata de un género trashumante, y además es más una manera de hacer música que una música en sí. No pasa por escuelas nacionales desde el momento que puede hacerse sobre un tango de Cobián, como hace Iaies, sobre un standard, un tema de comedia musical, como se viene haciendo en todo el mundo desde siempre, sobre una canción de Serrat, como hacía Teté Montoliú. Creo que parte de la clave la da Hobsbawn, que en un artículo compara el jazz con el Islam. Dice que sólo el Islam es comparable en cuanto a la rapidez con la que se extendió.
¿Esa ubicuidad del género puede relacionarse con la atracción mutua que hubo entre el jazz y Piazzolla?
–Piazzolla escuchó mucho jazz y actuó durante la época de oro del género. Sin embargo, a él le interesaba un tipo de jazz en particular: el cool. Para Piazzolla, posiblemente, el jazz fue también una manera de escuchar música. Y lo que él buscó fue trasladar esa manera de escuchar al tango.
Está, también, el paso de las orquestas a los grupos chicos, de solistas.
–Es que a él no le interesaban las grandes bandas. Es más, tengo la sensación de que a Ellington nunca lo entendió demasiado. A Piazzolla lo deslumbraba el ajuste de esos grupos pequeños como el de Mulligan, esa mezcla de libertad y ajuste. Pero hay una diferencia esencial, y es el lugar de la composición. Piazzolla era un gran compositor y, además, escribía hasta la última nota. En el jazz, en cambio, se improvisa.
Sin embargo, la escritura de Piazzolla está muy ligada a la ejecución. Podría decirse que escribía como tocaba. Y por otra parte, aunque no hubiera tanta improvisación –que de todas maneras la había–, lo que se escribía imitaba la improvisación. Había un esquema de solos, por ejemplo.
–Pero en el jazz la idea de la composición es una idea débil. Incluso en los últimos años, en que han proliferado mucho las composiciones, me parece que son de un tipo muy elástico; son como guiones abiertos. En Piazzolla no. Allí la composición es esencial. Para el jazz, la actitud de “a ver qué sale” es fundamental. El jazz se sigue grabando “en vivo”, con todos los instrumentos juntos. Lo que pasa es que, aunque Piazzolla no haya hecho jazz, tocó siempre con músicos de jazz, y su entorno fue el del jazz. Tal vez fue consecuencia del aislamiento que sufrió por parte del mundo del tango.
¿Hay un diagnóstico posible del estado actual de las cosas, en el jazz y en otras músicas de tradición popular?
–Hay una revalorización de los géneros. Por lo menos en la Argentina es muy notorio, alrededor del tango, con orquestas como la Fernández Fierro o El Arranque. Se ve una necesidad de hacer una historia, ir a las fuentes, descular el tango, encontrarle algo medular. Tal vez el precio sea el renunciamiento a la originalidad, un dato que en un sentido podría ser preocupante, pero en otro es más bien un signo de época. Por otra parte, la gente que busca la afirmación en un género viene de lo heterogéneo, de la fusión, de la variedad. En realidad Iaies, o Varchausky en el tango, se formaron en la época de la fusión, en un momento en que se buscaba borrar los límites ya no entre lo alto y lo bajo, entre lo erudito y lo popular –una de las utopías del siglo XX– sino entre el tango y el jazz, o el jazz y el folklore. La mirada actual sobre los géneros, a pesar de la fidelidad a los modelos, es diferente. Esos productos, aun en su búsqueda de afirmar los orígenes, suenan distintos a esos orígenes porque tienen la carga de una mirada nueva. De todos modos, si el gesto de las décadas de 1960 y 1970 era tratar de ir más allá de los géneros, hacer un jazz que fuera más allá del jazz, un rock que escapara de los límites del rock y un jazz que ampliara los límites del jazz, hoy es al revés: se trata, precisamente, de no ir más allá.
En ese panorama, ¿el pop es sólo una música industrial, diseñada para consumos rápidos y masivos, o puede reconocérsele otra importancia?
–A mí no me gusta demasiado el pop actual. Y si se habla de entretenimiento, creo que Dionne Warwick tenía infinitamente más nivel que Britney Spears. Creo que hay una gran decadencia. Robbie Williams es mucho menos interesante que Sting, por ejemplo. Más cerca del rock hay, sí, lugares de experimentación o cruce, pero mucho menos que antes. Lo que sí puede decirse es que, incluso en el jazz, últimamente han predominado más las ideas de superposición de lenguajes que las de síntesis. La vieja idea de encontrar nuevas músicas en las que otras tuvieran cabida cayó frente a la posibilidad de dominar todos los estilos, como si fuera una paleta de posibilidades, y manejarse fluidamente en uno y en otro, alternativamente, sin que se reemplacen mutuamente.
Algo de ese enciclopedismo aparece, por ejemplo, en Beck o en Elvis Costello.
–O en Dave Douglas o Don Byron. Esa demostración de idoneidad musical es un rasgo de esta época. En el caso de Costello, que ha hecho baladas pop, new wave, canciones emparentadas con el jazz o incluso con el lied de tradición romántica, cuando hace un disco no busca poner allí todo lo que sabe. O todo lo que le gusta. Hace un disco por vez y hay una idea por vez. En este disco muestra su interés por la canción de los años cincuenta; en este otro, por la canción de cámara. Ahora se viaja por los géneros o por los estilos libremente, y también se puede disfrutar del paisaje.
En los cincuenta, el jazz era el sonido de la modernidad. ¿Hoy es el sonido de la tradición?
–Las dos cosas. Hoy la tradición es la modernidad, o la posmodernidad, y ser tradicionalistas es una de las maneras en que esa posmodernidad se manifiesta.


La música del azar
Diego Fischerman

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-1362-2004-04-18.html

viernes, 3 de julio de 2009

Jazz al sur: La musica negra en la Argentina. By: Homzy, Andrew Publication: Notes


Date: Thursday, September 1 1994
Jazz al sur is a proud, nationalistic history of jazz in Argentina. The author, Sergio Pujol, a professor of history at Universidad Nacional de la Plata, is an active music critic for the newspaper El Dia and several magazines. The subtitle "la musica negra" draws from Pujol's theory of the Kuntu,
which he claims is an African-based aesthetic imbedded in the music of all great jazz musicians, regardless of their national origin.
As in all of Argentina, only a small fraction of "Portenos" (residents of Buenos Aires) is of African descent (even though African slaves were used during the nineteenth century in the La Plata area shared by Argentina and Uruguay). Thus between the World Wars Buenos Aires audiences were thrilled by the novelty of African-American artists who toured their city on a circuit passing through the entertainment capitals of Europe--particularly the "hot" cities like Paris and Berlin. Pujol credits five Americans for their especially profound effect on the Argentinean jazz scene: Sam Wooding (April 1927); Josephine Baker, "la Venus de Ebano" (July 1929); Dizzy Gillespie (July 1956); LouisArmstrong (October 1957); and Duke Ellington (September 1968). Of course many other Americans visited to play concerts and cabarets in Argentina. Pujol chronicles these artists as well, pointing out the news, styles, and exchange of ideas transmitted by touring musicians (from North America, South America, and Europe) who worked the active cruise and passenger ships docking in Argentina.
Argentina experienced its own musical cross-fertilization with American ragtime and early jazz through the tango, but this is not Pujol's focus. Rather, he is concerned to establish a chronology, showing that, after the interest in folkloric music and tango had waned on the palette of public interest, jazz took over. By the end of the 1940s there were 1,000 jazz bars in Buenos Aires, but the public tired of swing bands in the early 1950s and moved to embrace South-American-style dance bands (l'orquesta tipica). A decade later the enormous popularity of rock'n'roll drove jazz further into the background of Argentina's musical culture. Pujol explains that political developments also had an effect on the place of jazz in Argentinean society. For example, the military rule established between 1976 and 1982 further marginalized jazz by imposing cultural restrictions on radio stations to play "25% para tango, 25% para folklore, 25% para 'ritmos latinoamericanos' y el resto para 'generos extranjeros'". More recently, with the return of an elected government, the story of the music's development becomes more concerned with so-called jazz-fusion and world beat musics.
Most of the musicians and events in this book are centered around Buenos Aires, a multicultural city populated by Spanish, Italian, French, German, and English descendants. There is little here in the way of musical analysis or even a thorough description of musical styles beyond such generalities as "Dixieland," "bebop," or "fusion." The importance of Argentinean jazz pioneers such as the pianist Rene Cospito and the violinist Hernan Olivia is preserved in Pujol's book but will remain obscure to most jazz historians. Those who follow the traditional jazz scene may be more familiar with the groups Antigua Jazz Band and Portena Jazz Band, as they were among the best revivalist jazz bands of the 1960s, Yet Argentina did produce some masterful jazz musicians who exerted wide influence and gained worldwide recognition. Among these are Oscar Aleman, Gato Barbieri, Lalo Schifrin, and Enrique "Mono" Villegas--all of whom have been acknowledged (along with the Portena Jazz Band) with entries in The New Grove Dictionary of Jazz (New York: MacMillan, 1988) as well as many general histories of the music (e.g., James R. Scobie, Argentina: A City and a Nation, 2d ed. [New York: Oxford University Press, 1971]).
While there is no bibliography as such, one could be culled from the footnotes collected at the end of each chapter. The chapter sections titled "Escritores sincopados" and "Jazz Magazine y otras revitas and Cortazar y otros cronopios" nicely document the work of Argentinean writers on jazz, be they critics, historians, or poets. A sixteen-page index lists only individuals and groups and suffers from more than a few omissions.
Pujol's selective discography is a disappointment since it lists Argentinean artists in alphabetical order, giving in the case of 78 rpm recordings the title of the composition for each side, but in the case of LPs only the name of the album. Only the label name is provided for many entries; expected information such as recording date, place of recording, identification of side-men, and, in the case of LPs, titles of selections has not been provided. A comprehensive companion discography is needed to complete the story of jazz in Argentina (comparable in approach to, say, Jack Litchfield's The Canadian Jazz Discography 1916-1980 [Toronto: University of Toronto Press, 1982] and J. Mitchell's Australian Discography, 2d ed. [Melbourne: Australian Jazz Quarterly, 1960]).
Jazz al sur succeeds in its primary purpose to inform us of the succession of Argentinean artists who practiced and studied the art of jazz until some of them were able to make a mark on the world stage. It is recommended to all those who seek to understand the development of jazz in its global context.
ANDREW HOMZY Concordia University, Montreal

http://www.articlearchives.com/humanities-social-science/visual-performing-arts-music/419004-1.html

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