sábado, 25 de julio de 2009

TRASANTE & CO.



Vengo de una familia de músicos. Mi padre, Valentín Trasante (1906-1995) fue fundador con Antonio Casaravilla “Cachela” de la murga Asaltantes con Patente. Mi viejo era una escuela, escribía las letras y dirigía los coros de la murga. A mi casa venían José Ministeri “Pepino”, Carlos Céspedes; de ahí salieron Rómulo Pirri, el popular “Tito Pastrana”, y un montón de murguistas que marcaron época. Me crié junto al “Chiquito” Roselló, un maestro del redoblante. Y de parte de mi madre Élida Crocco (92 años), una familia de raza negra muy numerosa y todos percusionistas de candombe. La murga y el candombe fueron mi cuna, tenía el equilibrio justo.

-¿Dónde naciste?

-Nací el 17 de octubre de 1953 en el barrio Cordón de Montevideo, en Constituyente 1737, entre Minas y Magallanes. Ahí ensayábamos con Eduardo Mateo y venían Urbano Moraes, Pippo Spera, Federico García Vigil, “el Pájaro” Carlos Canzani, “el Choncho” Jorge Lazaroff, Rubén Rada...

Vivía a 50 metros de donde salía la “Llamada de la calle Charrúa”, muy famosa, con Benjamín Arrascaeta y a 300 metros de ahí estaba Pedro Ferreira con su comparsa Los Dandys Cubanos y su orquesta Cubanacán. Los carnavales me fueron llevando a ser percusionista, sin quererlo me fui metiendo. Empecé con el bombo de la murga y después con los tambores.

Con Milton, mi hermano, teníamos una murga de niños en el barrio. Él tocaba redoblante y yo el bombo. La primera vez que grabamos con mi padre yo tenía 6 años y mi hermano 9. Era un barrio muy musical, muy creativo, yo me crié en eso, andaba con mi viejo para arriba y para abajo. Me llevaba al restaurante “Mario y Alberto” donde tocaba “el zurdo” Mastra. Allí veía también a Santiago Luz y a Brindis de Sala, cuya cantante era Lágrima Ríos; había un movimiento muy grande de música negra y de todo lo popular.

Con Mateo teníamos un dúo y ensayábamos todos los días en mi casa. No nos importaba la fama, lo que queríamos era crear toques nuevos y, a partir de lo folklórico, algo original.

-Te nutriste de una gama musical muy amplia: candombe, murga, tropical, jazz, pop...

-Claro, en esa época estaban los Fattoruso tocando con Los Shakers, Pippo Spera, Eduardo Mateo, Rubén Rada y Urbano Moraes con El Kinto, y al mismo tiempo empecé a ir al Hot Club, donde me encontraba con todos los jazzistas: Eduardo Useta, Raúl Lema, Nelson Varela, Santiago Ameijenda y muchos otros.

-¿Quién fue tu mayor referente en esa época?

-Como baterista Roberto Galletti fue mi gran influencia. Cuando lo conocí me voló el cerebro y tuve la suerte de trabajar con él en Gula Matari y en bandas que armábamos con Mateo, Alfredo Galletti, hermano de Roberto, con Marcos Spiro y “el lobito” Daniel Lagarde. Después que Rada se fue del Tótem original entré yo en la segunda o tercera etapa del grupo con Ameijenda en batería. También toqué con Mike Dogliotti. Todos esos grupos candomberos mezclaban el pop y el jazz. Para entonces tenía entre los 18 y 20 años.



-¿Estudiaste música?

-Yo era autodidacta hasta que un día Federico García Vigil me dijo: “no puede ser que no sepas leer”. Ya tenía 16 años y por influencia de él empecé a estudiar con el profesor Roberto Sorrentino en el Conservatorio de Música, por casi dos años. En los grupos de aquella época no se utilizaba dar partituras para la percusión, sin embargo aprendí muchísimo mirando a Galletti y Ameijenda. De Galletti me interesaba el sonido, él sacaba la bordona del redoblante y lo usaba como si fuera una paila con lo que la batería sonaba más candombera. Me acuerdo que Tótem empezaba el show con un solo de batería de Galletti. Yo iba a verlo, me sentaba detrás y lo miraba.

-¿Por qué te fuiste del país?

-Me fui a principios del 77. Estábamos terminando un ciclo con Mateo, Buscaglia, Yánez y Mariana Vigil. Estudiaba dibujo técnico en la Universidad del Trabajo del Uruguay, picoteaba con la música y trabajaba en una fábrica de cigarros y habanos –ese era el oficio de mi mamá–, lo que me permitía comprarme los instrumentos que hacía Emilio Acevedo en Ansina 1036, que era el gran maestro. Los primeros tambores se los pagué como en mil cuotas. Él me prestaba pailas, Ameijenda o Galletti me prestaban algún plato, yo nunca tuve nada. Me fui porque acá estaba muy en la “llaga” y la cosa política se puso muy dura con la dictadura y la música pesaba más que todo. Decidí saltar para Europa, donde había grandes amigos. Y me fui con 70 kilos de tambores a París a lo de Mario Aguerre, ex bajista de Los Delfines. Enterado de que había llegado me llama Emilio Arteaga y me propone montar un grupo con Jorge Pinchevsky, gran violinista argentino que había tocado en La Pesada del Rock & Roll. Armamos un grupo experimental con ritmos latinos para tocar en la calle, en clubes, donde pintara. Yo montaba un set de congas, timbales, bombo legüero y hacíamos música andina, muy de moda entonces. Le pusimos El Combo Bacán porque tocábamos para la gente de plata, y ese verano de 1977 en el sur de Francia nos fue muy bien. Allí me crucé por primera vez con los Gipsy Kings, que también tocaban en la calle haciendo “la manga” con su rumba gitana.







-Junto con los tambores llegabas a Francia con un bagaje musical importante.

-Llevaba conmigo muchas vivencias y había escuchado muchas cosas, por ejemplo, música cubana en la casa de Emilio, el que hacía las congas. Ahí nos juntábamos toda una generación de muchachos a los que nos interesaba las tumbadoras, que queríamos estudiar. Emilio nos enseñó muchas cosas: “Toquen bien, los cubanos tocan bien”, nos decía, y ponía los discos de Los Papines de Cuba. Me volvía loco escuchando la rumba, el guaguancó. Acá nadie te enseñaba nada, te agarrabas de lo que podías. Un día en París voy a ver a una banda cubana y veo que los tipos agarraban una conga cada uno: ¿Y esto cómo es?, me pregunté, ¿será como en el candombe? Luego los músicos me explicaron: “esto es un salidor, tres golpes”. Y sí, la trilogía se mantiene en los tambores batá. Todo lo que me explicaron fue algo que me quemó el cerebro. Después tuve la suerte, viviendo en Francia, de ver a Tata Güines, a José Luis Quintana “Changuito”, a Jorge “El Niño” Alfonso de Irakere, y sobre todo de tocar con Alfredo Rodríguez en su quinteto de latin jazz y con Eddie Martínez, pianista y arreglador colombiano laureado con Ray Barretto, Mongo Santamaría, Tito Puente y Gato Barbieri. Eddie Martínez es además un gran baterista y me enseñó mucho sobre cómo hacer arreglos musicales. Con él teníamos la banda grande de salsa en París y un sexteto de latin jazz donde yo tocaba batería y timbales. Nos hicimos muy amigos. La otra gran experiencia fue con Camilo “Azuquita” Argúmedez, con quien toqué durante 20 años. Por esa banda, Azuquita y su Melao, pasaron Carlos “Patato” Valdés, Alfredo de la Fe, Nicky Marrero, músicos de La Típica 73... Esa fue mi gran escuela en París.



http://www.rel-uita.org/contratapa/jorge_trasante.htm



Grabado: Estudios ION, Buenos Aires, Mayo de 1971
Año de Lanzamiento: Julio de 1971
Sello: De La Planta
No. Catálogo: KL 8312

Músicos:
Técnico de Grabación: Carlos Píriz
Mastering: Luis Quinteros
Arte: Juan Bernardo Arruabarrena
Foto: Ricardo Rodríguez.






irto Moreira - Percussion, Drums, Vocals
David Amaro - Guitar (Acoustic), Guitar, Guitar (Electric), Guitar (12 String)
Hugo Fattoruso - Harmonica, Keyboards, Vocals
Jorge Fattoruso - Drums, Vocals
Rudy Van Gelder - Engineer
Flora Purim - Percussion, Vocals
Creed Taylor - Producer
Ringo Thielmann - Bass, Vocals
Date of Release Apr 1973






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