miércoles, 17 de junio de 2009

PEDRO LINALE (Suplemento Cultural de El Pais) Jazz: de Fray Bentos a Mallorca Enrique Hetzel


EL PASADO 27 de noviembre actuó en la Sala Zitarrosa la "Kakum’s Big Band", que volvió a presentarse en el Festival que se llevó a cabo en el Parque Rodó los días 11 y 12 de diciembre, en homenaje al extinto Francisco "Paco" Mañosa. Uno de los centros de atención fue un trombonista de recio sonido y excitantes improvisaciones, que además era arreglador de algunas de las piezas interpretadas y figura hasta entonces desconocida para muchos aficionados uruguayos.
Se trataba de Pedro Linale, un fraybentino que tuvo un fugaz pasaje por Montevideo en los años 60 antes de radicarse en España hace casi tres lustros. "Vengo todos los años a visitar a mi familia. Me paso tocando en Mallorca, escribiendo partituras, enseñando música, dirigiendo mi orquesta todos los días. Por eso aquí quiero descansar, pero me engancharon esta vez con el homenaje a Paco, me prestaron un trombón y no pude negarme".
FRAY BENTOS.
—¿Dónde naciste y cómo te interesaste en el jazz?
—Nací en Fray Bentos el 7 de noviembre de 1944. Mi padre tocaba piano, mi madre el acordeón. Tocaban la música popular del momento, temas de películas y esas cosas. Yo empecé estudiando piano y escuchaba mucho la radio, sobre todo emisoras argentinas que tenían programas de jazz. Allí conocí a Louis Armstrong, a Eddie Condon, pero un día escuché la big band de Dizzy Gillespie y quedé tan impactado con su sonoridad que empecé a comprar discos de grandes orquestas.
—¿Por qué cambiaste para el trombón?
—Porque vi que ninguna orquesta de la ciudad tenía trombonistas. Pensé que tendría trabajo asegurado y me gustaba el instrumento. Un día papá bajó a Montevideo para comprarme un regalo. En el Palacio de la Música encontró cuatro trombones, todos de la marca Cohn, muy buenos. Pero uno de ellos era el mejor y papá, sin saberlo, de pura casualidad lo compró. Yo casi me muero de la emoción. Me puse a estudiar con Gian Russo, un italiano que dirigía la banda de la ciudad, él fue quien me enseñó teoría musical, solfeo y lectura.
MONTEVIDEO.
—Luego decidiste venir a Montevideo.
—Es que en Fray Bentos no pasaba nada. Yo tenía otra idea de la música, quería conocer otros músicos. Me vine en 1961 y me vinculé a la Peña de Jazz. Allí formamos con otros muchachos el "Sexteto Experimental de Jazz" con el que intervinimos en el Certamen Estudiantil en el Teatro Solís. Lo recuerdo como una época muy linda. Además de los grupos que competíamos, actuaban orquestas profesionales y allí conocí a Panchito Nolé, Héctor Bingert, Enrique De Boni, Daniel Lencina, a los hermanos Fattoruso.
Ellos me dijeron que me fuera al Hot Club. Existía una rivalidad con la Peña de Jazz, yo no quería dejarla, pero me insistieron con que "en el Hot vas a aprender mucho más". Y bueno, me animé y una noche fui por el sótano de la calle Guayabo. Y lo cierto es que la cosa cambió, porque allí conocí la maestría de Paco Mañosa, su sabiduría, su talento, su fenomenal capacidad para enseñar. En verdad que fue el músico que más hizo por el jazz en el Uruguay.
—¿Cómo siguió tu carrera?
—Toqué con la orquesta de Panchito Nolé en Canal 12 y después Julio Frade me llevó a Telecataplum. El que se enojó fue "Bachicha" Lencina porque había hablado conmigo tres días antes para integrar los Hot Blowers. Le dije que sí y después que no, tuve que aceptar lo de Telecataplum porque monetariamente era mucho mejor.
—¿Cuándo decidiste partir para España?
—Cuando vi que este mundo musical me quedaba chico. Volví a Fray Bentos y formé una orquesta, pero teníamos que tocar música comercial de bajo nivel. Yo bajaba a Montevideo cada dos semanas para estudiar armonía, contrapunto y composición con Guido Santórsola, pero estaba cada vez más desconforme con el entorno. Un día me llamaron del McGill Clan y entré en el grupo. El director era el contrabajista Tony McGill, entre otros estaban Tomás Paolini en saxo y Aldo Caviglia en batería. Ensayábamos en el Hot Club y una noche decidimos tomar el barco rumbo a España. Queríamos horizontes nuevos.
Yo tenía 27 años cuando nos fuimos. Por suerte en el barco conocimos a un pianista italiano que le dijo al capitán que éramos músicos y el tipo nos hizo viajar en primera clase para entretener a los pasajeros.
ESPAÑA.
—¿Dónde se instalaron?
—Primero estuvimos en Barcelona, no tuvimos mucha suerte, de ahí nos fuimos a Madrid. Conocimos a Pedro Iturralde y gracias a él estuvimos cuatro meses tocando en una cadena de salas. En una de ellas nos escuchó Sarita Montiel, que buscaba una orquesta para su salón de baile en Mallorca. Le gustó la banda uruguaya y nos contrató por ocho meses. Después el McGill Clan se disolvió, en 1972. Cada uno se fue por su lado y yo me quedé en Palma de Mallorca tocando en una orquesta. Me pude pagar un curso por correspondencia del Berklee College de EEUU y empecé a hacer arreglos más evolucionados, más interesantes. Reuní algunos colegas mallorquines, formé una banda con la que podía ensayar mis ideas, mis sonidos, y me animé a experimentar, a afirmar conceptos nuevos. Fui perfeccionando mis composiciones y con alegría vi que la banda iba teniendo éxito. Con el correr de los años la fui ampliando y se convirtió en la Palma de Jazz Big Band que ves en la foto.
EL SWING ES ESENCIAL.
—¿Qué opinás sobre el jazz contemporáneo?
—Me parece que avanza a pasos acelerados. Hay músicos que son fenomenales, creativos. Es claro que no suenan como las formas de jazz que nosotros conocimos, es otra cosa, es un acercamiento a los días actuales.
Me parece bien que el jazz evolucione, pero yo prefiero mantenerme en el jazz que conozco, el jazz acústico. No me llevo para nada con el jazz electrónico. Antes escuchabas por ejemplo a Charlie Parker y él hablaba por sí mismo, te mostraba su vida. Ahora el músico que toca una improvisación parece mostrarte una película, no es él, no es su personalidad, es una aureola de cosas y situaciones que te está transmitiendo en colectivo con los demás músicos. Yo sigo aferrado a la esencia del jazz, el swing, si tiene swing es jazz. (Hace escuchar un disco de la orquesta de Bill Holman, lo analiza y se entusiasma). Esto es la vida real, tiene un swing impresionante, sentís que te llega al corazón. En cambio el jazz que tocan hoy es como si te mostraran una película, una fantasía que puede ser muy linda, estar bien hecha, pero no deja de ser una película.
Concursos
—Montevideo te conoció en el Certamen Nacional Estudiantil de Jazz.
—Fue un concurso que organizaron Peña de Jazz y el Palacio de la Música en 1963. Intervinieron muchos jóvenes. Yo tocaba el trombón en el Sexteto Experimental de Jazz, que había formado con Oscar Castellucio (trompeta), Ruben Suárez (piano), Walter Kurz (batería) y otros.
Fueron cuatro conciertos en el Teatro Solís. Teníamos un buen conjunto, pero salimos en segundo lugar. El jurado tuvo que aclarar que la votación no fue unánime porque Arnaldo Salustio y José Mañosa nos eligieron a nosotros.
—Tus otros concursos fueron en el extranjero.
—En 1988 ya estaba radicado en Mallorca y se abrió un concurso en Madrid para composición y arreglos. Escribí algunas partituras y las envié. Un día me llamaron para que fuera a Madrid porque estaba seleccionado para la final.
Cuando interpretaron mi arreglo quedé espantado, lo tocaron a tempo mucho más lento. Yo ni podía reconocerlo, me agarraba la cabeza. Confieso que la culpa fue mía porque cometí un error en una anotación en la partitura. En ese concurso salí en tercer lugar, aunque el pianista Tete Montoliú me dijo que merecía el premio.
Diez años más tarde me presenté al Festival Iberjazz de 1998 en Cuba. Fue un llamado internacional en el que intervinieron decenas de arregladores y compositores de Argentina, Brasil, México, Portugal y otros países. Me dieron el segundo premio, pero ahí pasó algo bastante feo porque declararon ganador a un cubano jovencito que, en opinión de casi todos, tendría que haber figurado cuarto o quinto. Modestia aparte, mi obra era la mejor y así lo reconocieron los músicos de la orquesta Irakere, que me pidieron perdón por la vergüenza que les daba. Pero además del mío, había otros dos o tres trabajos muy superiores al del cubanito.
No sé, andá a saber qué pensó el jurado. A todos nos quedó la penosa sensación de que estuvieron obligados a votar por uno de su país. Pero te aseguro que la diferencia entre ese muchacho y yo era abismal. l
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