martes, 19 de mayo de 2009

MUSICA: EL CENTENARIO DE BIX BEIDERBECKE Tributo a un cornetista genialhttp://www.clarin.com/diario/2003/03/10/c-00601.htm


http://www.clarin.com/diario/2003/03/10/c-00601.htm

MUSICA: EL CENTENARIO DE BIX BEIDERBECKE
Tributo a un cornetista genial






Primer gran instrumentista blanco y la primera leyenda: murió a los 28 años, acosado por los excesos. Armstrong no entendía cómo no lo escuchaba todo el mundo.





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POR Hermenegildo Sábat
Una certeza nos aproxima al autodidacta: mantuvo indiferencia ante sus habilidades, talento e indiscutible importancia. Reiteremos lo obvio: el final de la Primera Guerra Mundial liberó en E.E.U.U. costumbres sobrevivientes de los pilgrims, la música de jazz fue su válvula de escape y, contrariando decretos y prohibiciones muchas bañaderas se transformaron en alambiques. Leon Bix Beiderbecke compuso cuatro, cinco o seis piecitas (grabó dos: Davenport Blues con los Rhythm Jugglers e In a Mist al piano ), pero su obra por la que es distinguido y admirado la hizo con una corneta marca Bach en discos grabados con técnicas primitivas y cuya casi absoluta mayoría le conceden pocos segundos de expresión.

Se repiten anécdotas, mayormente humillatorias, y los investigadores acumularon testimonios que, a esta altura, se agotaron. Pocos años después de su muerte una tal Dorothy Baker creyó que poseía los elementos románticos para revivir aquel "Stürm und drang" de sus antepasados alemanes. El resultado (Young man with a horn) fue un novelón y un mamarracho; Hollywood lo exageró ubicando a Kirk Douglas como si Bix hubiese sido Van Gogh y Harry James creyese haber sido Bix. No le fue mejor al italiano Pupi Abati, aunque su banda de sonido fue más respetuosa. Durante 1974 se publicó una biografía "definitiva" que cuenta día a día la vida de Bix, que se frustró entre el 10 de marzo de 1903 y el 6 de agosto de 1931. Los voyeurs quedaron encantados, pero el enigma y las hipótesis continuarían. Los detectives, en cualquier lado, son capaces, con suerte, para esclarecer un crimen, pero son y seguirán siendo torpes para esclarecer una vida, especialmente cuando se trata de un artista. Las satisfacciones que ha deparado y continuará gestando se apoyan en la audición de esos instantes, registrados a lo largo de cinco años, mientras libró una feroz batalla con alcoholes que lo fulminaron a los 28 años.

Bix fue el segundo hijo varón de una familia burguesa, dueña de aserraderos en Davenport, Iowa; sus padres no lograron que fuese comerciante, pero obtuvieron lo que temían: un hijo idealista, ingobernable y que hizo conocer su apellido, según ellos, de manera tal vez vergonzante. La semilla de la vocación de Bix estuvo sin embargo en la propia casa: el piano fue la primera aproximación a su persona. A los tres años repetía con un dedo sobre el teclado las melodías que escuchaba. Durante las reuniones del colegio se transformó en estrella; su madre quiso que fuera concertista. En setiembre de 1927, cuando grabó algunos de sus mejores discos, sus amigos convencieron a los productores para que grabase In a Mist: algunos observaron influencias de Claude Debussy, a quien admiraba, pero se dicen tantas cosas. El contrabajista George "Pops" Foster llegó a afirmar que era mejor pianista que cornetista; muy probablemente, si los hubiera visto, le habrían gustado más los dibujos que la pintura de Velásquez.

Cuando el hermano mayor Charles fue licenciado del ejército, en 1919, llevó un paquete a la casa con discos de la Original Dixieland Jazz Band, el primer conjunto del género en ser registrado. (Se lo habían ofrecido al negro Freddie Keppard pero no aceptó porque temía que descubrieran sus trucos.) Bix consiguió que un vecino le prestase una corneta y regulando la velocidad de la Victrola aprendió a tocarla de oído; esa técnica sui generis fue su limitación y también su fortuna. La admiración inicial por el cornetista Nick LaRocca de la ODJB tuvo una derivación grotesca; cuando Bix lo saludó en New York años después, LaRocca, un trompetista limitado y mediocre, le dijo ofendido que lo imitaba. No existen registros de la respuesta de Bix, un individuo que escondía su timidez con la corneta, pero es mejor desconocerlo: un enano se quejó de la estatura de Gulliver. De todos modos, ninguno era descendiente de esclavos.

Tuvo mejor suerte cuando conoció a Louis Armstrong, analfabeto genial, en los riverboats que transitaban el Mississippi frente a Davenport. "¿Por qué no está todo el mundo escuchando a este tipo?", dijo Bix, según el testimonio de Hoagy Carmichael. Armstrong siempre habló bien de Bix, como correspondía; cuando lo escuchó tocar From Monday On con Paul Whiteman dijo "esas notas tan preciosas me quedaron muy adentro".

Esas escapadas, ya alarmaban a la familia, que observaba como lo echaban de todos los colegios. Al principio cumplía con los padres pidiendo permiso por carta para actuar en bailes, pero el final previsible se produjo cuando lo obligaron a ingresar en un colegio paramilitar, la Lake Forest Academy a 50km. De Chicago, donde tocaban "King" Oliver, Armstrong & Co.. Pusieron al lobo a cuidar las gallinas. De allí lo expulsaron después de unos meses.

Si las costumbres de Bix rompían con la virtuosa educación inculcada no se apartó de los más elementales códigos éticos . Fue un querubín simpático, generoso, desconcertado por un sistema que lo conducía a tocar todos los días en lugares diferentes, honrado y respetuoso de los talentos ajenos, únicamente alterado por esa porfiada sed delante de los alcoholes.

Liberado de los compromisos familiares, Bix se dedicó a lo suyo, la música y las copas. Después de integrar orquestitas estudiantiles, en 1923 se unió a los Wolverines con quienes grabó sus primeros discos; fueron el tercer grupo blanco (los otros dos: la ODJB y los New Orleans Rhythm Kings) y sin dudas, el mejor. En rigor era Bix y siete amigos que lo acompañaban. Los discos se grabaron en un galpón situado al lado de las vías del ferrocarril, cuando el tren pasaba se suspendía todo. Deficiencias incluidas, el sonido único de la corneta es un placer que en esos años únicamente podían ofrecer los duetos o solos de Oliver y Armstrong.

Bix tuvo relevancia mientras vivió entre sus colegas, que lo adoraban. Uno de ellos, el saxofonista Frankie Trumbauer, que además lo entendió, convenció a Jean Goldkette, un concertista de piano organizador de orquestas para que lo convocase. La de Goldkette era precisa, convencional y no recordaba ningún conjunto negro, ni siquiera el de Fletcher Henderson, que se esforzaba tratando de emular al propio Paul Whiteman. Dos discos (My pretty girl y Clementine) salvan el honor de Goldkette aunque es probable que sus músicos los hayan grabado a escondidas. Artie Shaw siempre insistió que My pretty girl es un ejemplo de fervor, entusiasmo interpretativo y un swing que no ha envejecido luego de setenta y seis años. Clementine posee un solo de corneta perfecto, "para incorporar a la mortaja" como decía el crítico uruguayo Juan Rafael Grezzi. Trumbauer, además hizo participar a Bix en muchas grabaciones propias, incluso como pianista. Una sesión produjo una obra maestra: Singin' the blues, con seguridad uno de los mejores solos de cualquier época dentro del género, comparable con hazañas como West End blues de Armstrong. Las frases pergeñadas por Bix son de una lógica implacable, estimuladas por el lirismo de un poeta superior. Ese solo fue copiado nota por nota por gente tan diversa como Rex Stewart, Bobby Hackett y el propio Richard Gere que solicitó hacerlo en Cotton Club. Desde ya los esfuerzos fueron nada más que eso. Las notas eran iguales, pero falta en todos los intentos el peso de un improvisador original urgido por crear sonidos perdurables.

Si Bix hubiese dejado de grabar el 4 de febrero de 1927, hubiera quedado amortizado con la música, pero insistió y otras joyas surgieron junto a Trumbauer o con otros (Sorry, Three Blind Mice, Jazz me Blues) hasta que las evidencias convencieron a Paul Whiteman, un poderoso empresario que se llamaba, modestamente, "rey del jazz" que debía incorporar a Bix (y a Trumbauer) a su elefantiásica orquesta, que estaba tan lejos del jazz como el título autoimpuesto por su dueño, un hombre que no fue un monstruo: estimuló entre otros a George Gershwin. Cuando Bix ingresó ya era un alcohólico post graduado y durante sus curas su silla en la orquesta quedaba vacía. En las partituras de los arreglos, llegado el momento de su solo, una anotación en lápiz advertía "despierten a Bix". Pero esos segundos servían para digerir lo anterior: arreglos realmente intolerables. Se ha insistido que esos solos son contrapuntos indignados de un libertario lúcido que aprovechaba esos momentos para denunciar las condiciones poco felices de su entorno. Bix eligió trabajar allí y, sin duda, creyó mejorar como músico en esa orquesta. No fue un héroe ni un mártir, mucho menos una víctima. Es una leyenda más entre los artistas que han poseído la irresponsabilidad como motor interior. Es una suerte que no haya tenido que responder qué pensaba cuando creó, entre otros, el solo de Singin' the blues.

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