jueves, 5 de mayo de 2011

ESCAPE AL SILENCIO

Un documental de Diego Pequeño

Sinopsis

Durante los años 70s, llega a París un extravagante saxofonista de jazz proviniente de Chile. Su nombre es Alfredo Espinoza. De inmediato destaca entre los músicos locales por su técnica, swing y expectaculares solos. Este talento lo lleva a tocar en importantes circuitos del jazz tradicional europeo e, incluso, a visitar África. Hace amigos, admiradores y vive una época feliz de música y bohemia.





Sin un motivo claro, Alfredo vuelve a su país para vivir con su madre. Prontamente se integra a la escena jazzística chilena, pero una larga enfermedad mental lo deja perdido en un cerro de Valparaíso por más de diez años, lejos de su música y las bellas melodías que tanto encantaron a personas de muchos países diferentes.



Dos amigos que viven en Europa trataron de encontrarlo y ayudarlo en esta época oscura y silenciosa. Ahora, diez años más tarde, ellos viajan a París para encontrarse con el mito musical que ronda la figura de Alfredo Espinoza en Francia.





De pequeño busquilla a la excelencia, a conocer el mundo. Del mundo a la gloria y de la gloria a la desaparición.

Por Sergio Benavides T./La Nación Domingo
De la muerte al mito. Del mito a la resurrección. Un par de líneas que sin mayores ambiciones podrían resumir telegráficamente la historia de Alfredo Espinoza, músico de jazz que junto a su saxofón trazó un circuito propio para desarrollar su arte en un género en el que se posicionó por excelencia y que casi lo llevó a besar la locura, de la que salió sin medicamentos y sin darse cuenta, con reglas y amor de una hermana abnegada.

Como muchos, el relato comienza en los cerros chascones de Valparaíso, precisamente en “el Cordillera”.

Único hombre y mayor de tres hermanos, que luego de la muerte de su padre marino, viajan en caravana siguiendo al nuevo amor de su madre, un jinete. Parte de una infancia que pasó por Argentina donde tuvo sus primeras agrupaciones y acercamientos más serios a las corcheas.

Sin embargo, años antes su padre, luego de perder su trabajo de marino y dedicarse a la importación de lo que viniera para llevar marraquetas calientes a casa, le regaló el primer instrumento, una armónica que no dejará de tocar imitando los acordes de la radio o lo que suene en su recorrido cada día más aventurero.

Fue mientras vivía en San Isidro y su padrastro golpeaba con una fusta a su caballo por el hipódromo de Palermo que entró a los primeros ensambles musicales.

Un maestro le dijo que su instrumento debía ser el celo, pero que necesitaba alguien que tocara el clarinete (así le sucederá en varias ocasiones). Aprendió rápido. En un año avanzó lo que otros se demoran tres en el flaco instrumento. Ya asomaba su virtuosismo que años después lo llevaría a otras escalas.

Se consagrará en La porteña jazz band, mítica agrupación del género tradicional y casi un espejo de la rama musical que en los 20 y 30 parió Nueva Orleáns. Ahí practicó repertorios que incluía obras de tipos como Duke Ellington, Fletcher Henderson, Chocolate Dandys, Mac Kinney Cotton Pickers… etc.

Pero en Estados Unidos no estaba el circuito al que aspiraban los jóvenes talentos sudamericanos. París era la capital de ese arte en los 70. Para entonces los grandes del jazz ya habían trazado nuevos caminos donde la fusión con lo moderno o la creación de nuevos estilos eran devorados por audiencias con sed de novedades.

Espinoza coquetea con los “modernos”, aunque arriesga el castigo de los conservadores. No le importa. Sigue olfateando los nuevos sonidos y los idiomas, otra pasión que más tarde se juntará con la filosofía, los ensayos y la historia.

Llegará al saxo alto por la ausencia de uno de sus compañeros, y media hora antes de un concierto deberá cambiar la escala del clarinete al nuevo instrumento del que no se despegarán sus dedos.

Para el mito queda el resultado de una tocata inolvidable donde el debutante en el saxo Espinoza tuvo una presentación notable.

EN PAPEL DE DIARIO

Ya en Barcelona, decidirá ir a París. Esta vez el viaje lo hará solo. La fracción de La Porteña que realizó la gira regresa a Buenos Aires, pero Alfredo parece improvisar en la vida igual que en una jam session.

No le tiene gran cariño a lo material, incluso su saxo viaja envuelto en papel de diario. Duerme donde puede, donde alguien le ofrezca. Come lo que hay. Continúa con su regla de espontaneidad y entra en los bares donde pregunta por las mejores bandas de jazz. Ojos se posan sobre su figura extraña, de bicho raro. Pero le bastaba pisar el escenario para que todo tomara otro rumbo.

Se transforma en un referente, graba su música y viaja a África para trabajar. Ya no está sólo en los clubes, sino que gana dinero en montajes quizás más turísticos, pero mejor pagados.

En cinco años se hizo un nombre, tocó con los mejores y creó lazos que más adelante lo sacarán de una profunda depresión. El camino de regreso fue extrañamente muy parecido al de ida. Pero algo cambió.

Hay quienes sostienen que perdió el hambre. Y que su esencia artística, que no permite competencia, terminó con el equilibrio cuando llegó a Argentina involucrado en una relación con una escritora norteamericana que le dio su primer y único hijo.

Se desconocen las causas, pero la mujer decide partir a Estados Unidos y nunca más se ven. Alfredo deja Buenos Aires y Santiago lo reconoce en 1980 por primera vez como un músico consagrado.

No le cuesta nada que reconozca su talento. El trabajo realizado en La Porteña y la leyenda que corría de boca en boca de sus peripecias en Europa ya se habían colado por los circuitos chilenos y su figura coqueteaba con el culto.

La Retaguardia Jazz Band será la apuesta indicada para sus solos y melodías.

Y de pronto el silencio. La gente no lo entendía. En las barras, Alfredo hablaba de filosofía, Nietzsche, Artaud y los Fenicios. Tenía una juguera en la cabeza. Los mismos que adoraban sus presentaciones en el escenario lo miraban con extrañeza cuando se bajaba de él.

Hasta su desaparición lo comparaban con Charly Parker, y al igual que el pájaro en el escenario era monstruoso y fuera de él, incomprendido. Se habló de bipolaridad y esquizofrenia, de depresión, una nebulosa en la historia.

En un momento pensó que le querían robar su música, o alguna nota. Él seguía tocando sin esa nota que le habían robado…

Su madre enviudó de un tercer matrimonio y Espinoza volvió a Valparaíso. Dos amigos (Duccio Castelli, Marcelo de Castro) fundamentales en el documental, tratarán de encontrarlo. Espinoza no lo reconoce, pero no volverá a poner la boca en su saxo alto en 10 años, hasta…

La obra de Pequeño

El realizador Diego Pequeño cree que la palabra melómano le queda grande. Sin embargo, es un conocedor del jazz y de otros géneros musicales y se interesó por Espinoza luego de una entrevista en vivo que escuchó hace años en el Thelonious.

Postuló tres veces al fondo audiovisual hasta que consiguió recursos para desarrollar el proyecto.

“Siempre existió el mito. Hay gente que dice que en París hay escuelas donde se estudian sus solos, etcétera. Por eso creí necesario viajar y ver qué tan real eran esas historias”, cuenta Pequeño y agrega: “No es una película informativa, no quise contar todo aunque siempre está la tentación de los datos. Pero en realidad quise alejarme de la historia y contarla a nivel sensitivo. Es el mito del músico. Se pueden hacer analogías con otros y puede haber historias parecidas, y esta fue una forma de contarla. Fue hacer un pequeño registro de este músico chileno globalmente desconocido, pero que generó un mito y se transformó en parte fundamental de la historia de la música de Chile”.

http://www.lanacion.cl/escape-al-silencio/noticias/2009-11-14/182323.html

http://www.canal-u.tv/themes/lettres_arts_langues_et_civilisations/langues_litteratures_et_civilisations_etrangeres/espagnol/civilisation/entretien_avec_alfredo_espinoza_rencontres_2011

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