jueves, 6 de octubre de 2011

Nuevo libro sobre vocalistas argentinas de jazz


Un aporte fundamental para la historia del jazz en la Argentina

Con "Juego de damas (Lady crooners made in Argentina)", el periodista e historiador Edgardo Carrizo viene a reparar algo del inmenso vacío documental que aún existe sobre una parte muy importante -por cantidad y calidad- de la música popular argentina.

El libro, presentado este martes ante unas 300 personas que colmaron la sala Enrique Muiño del Centro Cultural General San Martín, reseña en poco menos de 400 páginas la historia de las voces femeninas del jazz en el país.

La tarea no es menor pues el género afroestadounidense viene cultivándose con más o menos vigor en la Argentina desde hace nueve décadas, por lo que sólo el hecho de abarcar toda su vigencia exigió al autor un esfuerzo de investigación y síntesis destacables.

El jazz nativo fue muy popular en las décadas de los 20 a los 50, casi tanto como el tango, con el que competía en los bailes -era la época en que invariablemente los amenizaban una orquesta típica y otra de jazz-, las radios y las confiterías con número vivo.

Tanto, que ya desde los años 20, para no perder el tren, los principales intérpretes del tango incorporaron piezas de jazz a sus repertorios, como lo prueban las abultadas discografías de las orquestas de Francisco Canaro, Roberto Firpo y Francisco Lomuto, los 15 shimmies y nueve fox-trots que grabó Carlos Gardel, y también -como no se le escapa a Carrizo- las experiencias de cancionistas como Rosita Quiroga, Azucena Maizani, Libertad Lamarque, Ada Falcón y Mercedes Simone, entre muchos otros.

Pero mientras existen abundantes registros de la memoria del tango, aun cuando en la mayoría de los casos hayan sido obra de aficionados sin rigor historiográfico, la del jazz es en buena medida un gran agujero negro.

El texto de Carrizo elude los dos lugares más comunes de la mayoría de los libros de historia sobre música popular: no es una mera reproducción de anécdotas casi nunca verificadas ni una transcripción de discografías, fechas y otros datos enciclopédicos fuera de contexto.

No es que no los haya: hay relatos de hechos pequeños y hay referencias documentales, pero todos ellos contribuyen al propósito de exponer un fenómeno para que sea comprendido en toda su magnitud y no para que se memoricen aspectos parciales de él.

Para lograrlo, el autor llevó adelante una prolongada investigación que por momentos, más que el oficio del periodista y docente de periodismo que es, requirió la paciencia y la precisión propios de un arqueólogo. Y puso en juego, además, sus amplios conocimientos musicales.

Lo expuso mediante una estructura ágil, que alterna las semblanzas biográficas de dieciséis cantantes -cuatro por cada una de las cuatro generaciones en que dividió la historia- con capítulos que llamó "interludios", en los que puso a esas figuras y a sus épocas en el contexto de la evolución del género y de la música popular en general.

Así es posible comprender, por ejemplo, las causas estructurales del contraste entre Blackie y Lois Blue, las dos primeras grandes lady crooners del país, tan distintas en estilo musical, personalidad, actitud profesional y hasta en el compromiso con la canción, que en el caso de la primera pronto dio paso a una periodista excepcional y en el de la segunda, en cambio, no se modificó hasta su muerte a los 87 años.

El relato incluye hechos poco o nada conocidos, como la influencia que Lois Blue ejerció para convertir a Jamaica -el célebre local que en 1957, con ambiciones mucho más modestas, abrió un ex comisario de la Policía Federal- en lo que el contrabajista Jorge López Ruiz definió como "la catedral del jazz argentino" y el escenario de "una época gloriosa para la música popular de excelencia", en el que también brilló Astor Piazzolla con su primer quinteto.

Ni siquiera quedan fuera asuntos aparentemente menores, como el breve paso de Sandra Mihanovich como lady crooner de la Antigua Jazz Band o la afirmación de Donna Caroll de que fue perseguida laboralmente por el menemismo ("Me vi en una lista negra. La vi porque la tuve en mis manos. Mi nombre estaba en segundo lugar"), que tal vez merezca por sí misma otra investigación.

Alejandro J. Lomuto
http://www.telam.com.ar/nota/3278/

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