martes, 13 de abril de 2010

Gershwin, el hombre que amamos. Baby López Furst, Jorge Navarro & Ernesto Acher. Arr.: Ernesto Acher. Teatro Avenida, Buenos Aires, 1997.


En la película que se filmó en los años ’50, donde Robert Alda hacía del compositor y el pianista Oscar Levant se representaba a sí mismo, quedaban fijados varios de los lugares comunes que identificarían para siempre a George Gershwin como el santo patrono de los músicos fronterizos. La infancia pobre y neoyorquina, el triunfo popular con las comedias musicales y el clásico con Rhapsody Blue, la idea acerca de lenguajes que se jerarquizaban mutuamente, una supuesta cercanía con el mundo del jazz. La realidad, por supuesto, se parecía al mito sólo en parte.




Gershwin, nacido Gershowitz, hijo de inmigrantes rusos, buen pianista, talentosísimo compositor de canciones populares y genial compositor de obras que buscaron reelaborar elementos populares, había investigado, a la manera de Bartók en Hungría y Rumania, las músicas de algunas poblaciones afroamericanas. En 1935, al mismo tiempo que Bartók publicaba sus primeros escritos acerca del folklore y en una época en que los saberes populares comenzaban a ser abiertamente reivindicados por ciertos sectores del campo cultural, estrenaba Porgy & Bess y elegía hacerlo con el rótulo de ópera folk. Y, más o menos por la misma época, los músicos que trabajaban en las grandes bandas bailables se reunían en clubes a improvisar y experimentar con el lenguaje del jazz. Y la base sobre la que lo hacían eran esos temas de moda, generalmente sacados de comedias o películas musicales, que con el tiempo comenzaron a llamarse standards: canciones de Cole Porter, de Irving Berlin y, claro, George Gershwin. “El nunca fue un músico de jazz y, sin embargo, nadie como él abasteció al jazz”, comenta a Página/12 Ernesto Acher. Este músico, ex integrante de Les Luthiers, orquestador y, también, humorista y showman, es el arreglador y director del espectáculo Gershwin, el hombre que amamos que, junto al trío del pianista Jorge Navarro y una orquesta sinfónica, presenta hoy y mañana, a las 20.30 en el Teatro Colón.

“El espectáculo nació en el ’97, con el dúo que tenían Navarro y Baby López Furst”, cuenta Acher. “La muerte de Baby hizo que pensáramos esto como un capítulo cerrado. Era sumamente doloroso pensar en la posibilidad de volver a hacerlo. Pero el tiempo pasó, y el tiempo cura muchas cosas, y, cuando nos invitaron este año para hacer el espectáculo en Mendoza, decidimos hacerlo. No hubiera sido posible pensar en otro dúo de pianistas, así que el dúo se reemplazó por el trío de Navarro, con Eduardo Casalla en batería y Carlos Alvarez en contrabajo. Conservé la esencia de los arreglos y, lógicamente, adapté algunas cosas al nuevo formato que elegimos. Gersh-win, el hombre que amamos está, por otra parte, dedicado a Baby. No podría ser de otra manera.”

Canciones como “They can’t take that away from me”, “But not for me” o “Someone to watch over me”, junto a una selección de números de Porgy & Bess, son el material a partir del cual Acher y Navarro elaboran este homenaje en donde, en palabras del director, “lo principal es el disfrute”. Para él, “navegar por la música de Gersh-win es un placer; él abrió puntas, pensó en la posibilidad de un jazz sinfónico y eso es lo que hacemos aquí. La idea es que, justamente por tratarse de Gershwin, convivan los dos lenguajes, el del jazz y el clásico. El no era un músico de jazz, pero el jazz lo hizo suyo por lo que quisimos hacer un espectáculo donde Gershwin apareciera jazzeado. Pero no se fuerza el lenguaje de nadie: a la orquesta no se le pide que jazzee porque el que hace jazz es el trío. La orquesta provee el marco y eso, en algunos momentos, como en la selección de Porgy & Bess, es sumamente notorio. Allí paseamos por infinidad de colores, por una gran mezcla de lenguajes, sin que ninguna de las partes tenga que negociar. Ni el trío debe sonar como una orquesta, ni tampoco tiene que ocurrir lo contrario”.

El desafío de coordinar una orquesta sujeta a partes musicales fijas con un trío que pudiera improvisar fue, para Acher, una ocasión para trabajar en zonas limítrofes entre géneros y estilos musicales. En ese sentido, no intentó escribir para orquesta como si se tratara de una big band sino, justamente, de “rescatar esa idea de jazz sinfónico que creo que está implícita en la música de Gershwin”. Otro de los elementos importantes en este espectáculo es el humor. “No hay guión”, dice Acher. “Simplemente hablamos y presentamos los temas. Tampoco es que tengamos chistes planificados, ni que nos obliguemos a ser humorísticos. Lo que pasa es que Navarro y yo podemos ser de cualquier manera menos solemnes. No podríamos ni aunque nos pegaran, y no conseguiríamos ser serios ni aún con la más seria de las músicas.”

La situación de que este espectáculo se realice en el Colón tiene, por otra parte, un fuerte sentido simbólico. “No es lo mismo el Colón que cualquier otra sala”, reflexiona el director del espectáculo. “Me parece bárbaro que esta oportunidad de tocar en el Teatro Colón haya llegado y, más allá de lo que significa para nosotros y de la alegría inmensa que sentimos por tocar en un lugar como ése, hay una virtud innegable y es la acústica que tiene el teatro. El trío y la orquesta suenan maravillosamente y el equilibrio que se logra entre ambos grupos es perfecto. Todo se escucha sin dificultad y parte del placer que sentimos tocando tiene que ver también con el placer que sentimos, además, al escuchar cómo suena. Lo único que lamento es que esta invitación haya llegado tarde y que Baby López Furst ya no esté para disfrutarlo con nosotros. El se lo merecía.”

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/3-3361-2006-08-07.html









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