lunes, 20 de julio de 2009

Montevideo está de moda





Montevideo está de moda
Una casi-crónica tardía de mi visita
a Montevideo en marzo de este año.

Tomar distancia ocasiona en el mejor de los casos, el tener una posición más crítica y menos subjetiva del lugar donde uno vive, o vivía, y en el peor de los casos, no tiene ningún efecto objetivo, sino todo lo contrario.

En estos dos años de ausencia del paisito empecé a padecer el síndrome comparativo del lugar de donde provengo con el lugar en donde me ha tocado vivir ahora.
Muchas veces me descubro diciendo: "en Uruguay hacemos las cosas así o asá"; "en Montevideo hace tiempo que está en vigencia ese tipo de reglamento". Y frases similares.
No creo haberme ganado el odio de los mexicanos que me rodean, aunque sí para algunos, el ver otros puntos de vista, y saber que existen otras realidades por ahí, en el mismo mundo, en el mismo continente, en latinoamérica, muchas veces es todo un descubrimiento.

Mi esperanza con esta visita a Montevideo, luego de dos años de vivir realidades mucho más crudas y difíciles que las que se viven en Uruguay, en muchos ámbitos, era el poder corroborar que por suerte seguimos creciendo.

Le erré en algunas cosas, y en otras no tanto.

Al llegar, lo primero que noté fue la bienvenida del aire húmedo y pegajoso, con el aroma característico de la ciudad, que no sé definir, pero que para mis sentidos sólo puede indicar que estoy en Uruguay. Me enteré que el día anterior habían caído pingüinos, mientras viajaba del aeropuerto a la casa de mis progenitores.
Subsecuentemente supe que la sequía reinante empezó a menguar cuando empezó el carnaval. Desde el desfile que tuvo que suspenderse por lluvias, y unas cuántas etapas más. Los alertas meteorológicos que parecen ser deporte nacional desde aquel ciclón del cual no se avisó, y ahora los sacan de la manga cada vez que llega una tormenta de verano, haciendo que hasta suspendan el inicio de las clases...
Yo no sé, recuerdo ir a la escuela con grandes tormentas, viajando en bondi, con mis botas de goma, mi campera de lluvia y a veces algún paraguas. Recuerdo que en aquellos años, muchos de mis compañeros traían un cambio de zapatos por si se mojaban los que usaban en la calle. Pero ahí estábamos siendo educados mientras afuera caían pingüinos, efectivamente.
Ahora nos hemos ablandado, supongo, o será que el agua nos disuelve, o nos destiñe. Enfin, el uruguayo parece que en estos tiempos, le teme a la lluvia.

Pero más allá de esta curiosidad, Montevideo no ha cambiado mucho. Los mismos árboles obrando de techo en las calles del Cordón y Parque Rodó siguen ahí. Los puestitos mínimos de garrapiñada se siguen apostando en 18 de Julio. Me sigo encontrando con alguien conocido en la principal avenida, porque Montevideo, todavía, es un pañuelo. Sigue habiendo agite y música en la noche.
Sin embargo a la vez lo veo más sucio, con volquetas que se desbordan en las esquinas, más pinturrajeado en las paredes con graffittis y leyendas políticas. Es obvio, no hemos aprendido aún a hacer campaña política "limpia" en todo sentido.

Quería venir en Carnaval. El carnaval parece animarse a más cada año, parece querer explotar esa capacidad de autocrítica que tenemos y usamos tan poco. Los he visto no sólo acusar y protestar sino acusarse y protestarse. Musicalemente hay una evolución muy notoria en muchos y una afirmación de estatus de otros. Me gusta; cada vez que veo el carnaval me gusta más. Antes rehuía del costumbrismo uruguayo; ahora acepto que no puedo evitar ser uruguaya, y cuanto más tiempo y más lejos viajo, más uruguaya soy.

La música en Montevideo, en general, siempre está presente. En cada esquina, en cada boliche, en la tele, hasta en las propagandas. Parece mentira que en un paisito con tan poca población haya tan alto porcentaje de músicos de alta calidad y amantes de la música. Es impresionante la convocatoria del Pilsen Rock, la semana de la cerveza de Paysandú, el festival de folklore de Durazno, la Movida Joven, el carnaval, los festivales de jazz, la fiesta de la X, los ciclos de ópera del Solís, los ciclos de la Sinfónica y la Filarmónica. Me encanta saber que en mi país, vivimos con un soundtrack de nuestras vida incorporado en el iPod o mp3.
Los de afuera lo notan aún más. Hace unos meses, en una entrevista que me hicieron en la radio, estuve contando la cantidad de festivales dedicados al jazz que tenemos en Uruguay. Hablé de Lapataia, de Jazz a la Calle que es tan joven y ya está tan arraigado, Jazz Entre Amigos en La Pedrera del Hot Club, en Jazz Tour todo el año. No sabía aún de la existencia de los ciclos de jazz del Sodre, como Marzo Jazz, y el de Colonia Weekend.
Terminada la entrevista, el conductor del programa me preguntaba más y más sobre nuestra población. Le era difícil entender que somos 3 millones, que la mitad estamos en Montevideo, y que aún así hay tantos festivales de música y específicamente de jazz, cuando en Monterrey, ciudad gigante de más de 5 millones de habitantes, a penas si se rescata algún toquecito en los boliches o en un teatro, y el Festival del Barrio Antiguo fue demolido por la municipalidad para convertirlo en un circo multidisciplinario destinado a lavar dinero.

Ese tipo de cosas me enorgullecen como uruguaya.

Pero no me enorgullece llegar y sentir que nos estamos equivocando en tantas cosas simples y que algunas decisiones del gobierno se convierten en trampas mortales, y que el uruguayo promedio sigue reventando papeleras, y usando la calle como recipiente para el envoltorio de los cigarrillos o del alfajor, o estropeando las paredes de un acervo arquitectónico que deberíamos sentir la necesidad de proteger y preservar (créanme que somos privilegiados en nuestra arquitectura).

Lo más curioso es que en el fondo, nada de lo que veo hoy en Montevideo me sorprende. Casi creo que en el fondo, me lo esperaba, simplemente porque a la distancia uno tiende a idealizar los recuerdos y subirlos a un pedestal inmaculado, y yo decidí que no caería en esa tendencia. No hay tigre sin manchas, y lo mismo le pasa al Uruguay. Por suerte creo que tenemos el potencial para mejorar, para crecer.

Volviendo a la música, en este viajetito decidí invertir la mitad del dinero en comprar discos uruguayos, para compensar dos años de perderme de esta música. Así fue que caí en Ayuí Discos, al lado de El Galpón, cuando el cielo amenazaba con su tormenta de alerta meteorológico que otra vez no fue tal.
Me llevé en mi primer visita 5 discos y un DVD, y entre mis nuevas adquisiciones musicales, unos cuántos descubrimientos.

En una segunda visita a la misma disquería (es que ahí me ceban mate... es otra de las razones que me llevan a comprar siempre en Ayuí), me empalagué con otros 5 discos y otro libro. He incluso cuando salí de ahí, me quedé pensando si no hubiese debido aprovechar para compar otros más que me llamaron la atención.

Una noche fui a Lasquinita, a ver La Tremebunda Trío, que hace muy buena música montevideana, y escuché una versión de un tema que para mí se había quedado olvidado en la historia, que es Montevideo, de Ruben Rada.
Para mi sorpresa al escuchar mis nuevos discos, recién compraditos, más de uno contenía una versión del mismo tema. El Cuarteto Ricacosa hizo su versión guitarrera, el trío Mora-Righi-Etchenique hizo otra, más frenética, y sumada a la versión de la Tremebunda, fueron tres versiones.

Fue entonces que me dije, "Montevideo está de moda".

Al regresar a México, me encontré con muchos mexicanos con intenciones de conocer mi ciudad natal, ya sea por mis comentarios, o por lo que habían visto en la televisión, en un spot publicitario del Ministerio de Turismo, ya sea por algún documental del cable sobre nuestros escritores y artistas plásticos, o por el programa de un tipo que viajó a Uruguay para conocer nuestras delicias culinarias (léase principalmente, el asado y el "mighty chivito" de Marcos). Otros habían viajado justo antes que yo.

Mi pensamiento fue redundante. Mi Montevideo se camina, se recorre, y siempre hay algo para ver.

Hace algunos años, conocí un muchacho que trabajaba para Lonely Planet. Venía a hacer su guía para mochileros sobre nuestro país, y tuvo la mala suerte de conocerme. Lo obligué a gastar las suelas. Lo hice caminar de día y de noche, lo llevé a los lugares donde los turistas no van, porque no saben, porque no se atreven, porque no les interesa. Caminando por 18 de julio, lo primero que le dije fue: "El uruguayo camina muchas veces mirando al piso, pero tú, tú caminá mirando hacia arriba". Descubrió así nuestra arquitectura, y muchos años después de habernos conocido, sigue recordando ese consejo.

Volver después de 2 años de ausencia a mirar las mismas calles, es reencontrarse con el paisaje familiar pero con otro estado de ánimo que obliga a profundizar el sentimiento de pertenencia, de identidad, que la ausencia no consiguió erradicar. Yo siempre miro hacia arriba, a los costados, y de vez en cuando hacia abajo (porque los regalitos de los perros y las baldozas flojas eson de esas cosas perennes de esta ciudad).

Montevideo está de moda. Escúchenlo ustedes mismos en las distintas versiones.


Salú!

PD. Esta vez no hay fotos. Hay música. Las imágenes las ponen ustedes.

http://unaexcepcion.blogspot.com/2009/06/montevideo-esta-de-moda.html



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