miércoles, 24 de junio de 2009

LIONEL HAMPTON


MIÉRCOLES 30 DE MAYO DE 2007
Lionel Hampton. Relato
El teatro se llama El Círculo, es uno de los más importantes de la ciudad. Las entradas se la dieron a él, en el Canal. Toca Lionel Hampton, tiene 91 años. Es un músico negro, de jazz, muy valioso. Tal vez este sea el último recital de su vida, nos dicen. Yo pienso: Por qué cuerno vino a darlo justo en esta ciudad segundona de la Argentina, qué necesidad tuvo, pero no lo digo en voz alta. No sé mucho de jazz, no sé ni siquiera quién es Lionel Hampton. Voy porque mi hombre tiene entradas, así de simple.
Cuando se abre el telón, hay tres o cuatro músicos en escena. Muy jóvenes y hacen sonar suavemente un banjo, un piano, una trompeta, una batería. En el centro hay un instrumento, que me recuerda el órgano de las iglesias, pero no lo es, es más parecido a un xilofón. Es un vibráfono. Antes de este hombre, el vibráfono no existía en el jazz; él lo introdujo.
Entonces entra en escena un viejito, un señor muy pequeñito y de piel oscura, que más se asemeja a un fauno que a una persona. Tiene puesto un frac verde, como de terciopelo, y una pajarita roja. Es Lionel Hampton y camina erguido. El público aplaude de pie y el baterista redobla los platillos. No sé si estos términos con los que describo la escena son los correctos. Se dirige al auditorio y dice unas palabras de agradecimiento al país y a nosotros que estamos sentados ahí, oyéndolo. Su acento es muy cómico; como un predicador de películas del Lejano Oeste.
Son exactamente las nueve de la noche, y no hemos comido casi nada. Tanto era el entusiasmo por ir a verlo. Mi hombre se retuerce de placer en su silla, y yo pienso, claro, que él sabe mucho más de jazz y de música clásica también. Recuerdo cómo unos meses antes miró con delectación un documental sobre Thelonius Monk y después me explicó con detalle en qué consistía el be bop, una música que a mí me resultaba exasperante. En ese momento comprendo que él es muy culto, que viene de una familia donde el consumo cultural es muy importante. Pienso en mi padre diciendo que su libro preferido es El quinto jinete y me averguenzo.
De modo que Lionel Hampton suelta, por decir así y porque no encuentro otro modo mejor para decirlo, sus temas más pedidos. “Flying home”y "Hamp's Boogie Woogie". Es el punto climax del recital. Son las diez y diez de la noche. Luego pide agua, sale de escena, entra otra vez. Los músicos, su banda, que tienen la edad para ser sus nietos, le sonríen y siguen tocando. Un, dos, tres y otra vez el jazz. Pasa así casi otra hora más. Ya no puedo prestarle atención; estoy cansada. Es jueves o martes, y trabajé todo el día, al día siguiente debo levantarme muy temprano. Mi hombre disfruta la música todavía; yo ya no. Me entretengo pensando en cuántas otras veces entré a ese teatro: de adolescente tomé unas clases de ballet ruso, con una profesora muy anciana llamada Daria, que no bailaba sino que marcaba con el bastón, y cuando no la veíamos no usaba el bastón para marcar posturas y pasos, sino que se apoyaba en él para caminar, un gesto doloroso y viciado. Estuve muy poco tiempo tomando esas clases; no sirvo para el ballet, tengo pies planos. También entré en otra ocasión, cuando en una sala estrecha como un pasillito, se hicieron lecturas de poesía. No sé ahora quién las organizaba; traían poetas de Buenos Aires, que leían lo suyo, medio tiritando de frío porque no hay calefacción ahí. Así que leían pocos poemas o muy breves, y luego los que organizaban se los llevaban corriendo a comer pollo asado a una parrilla que se llama El Pollo Atómico.
Cuando vuelvo a concentrarme en el recital, ya es el final. El público aplaude de pie. Lionel Hampton abre sus brazos de par en par y hace unas reverencias. Muy elegante, muy cálido. Sale del escenario y el público sigue aplaudiendo, pidiéndole un bis. Entonces él regresa, toca otra vez. Un tema largo y melancólico, que él lo hace sonriendo, y la gente se extasía; tal vez sea una melodía de la gloria del jazz y yo no la conozco. Alguna vez toqué el clarinete, en una banda, en la secundaria, pero eso no me lo enseñaron. Me enseñaron El cóndor pasa.
Luego del bis viene otro bis. Y otro bis y otro bis. Entra y sale de escena cuatro veces. De pronto, empiezo a odiar a Lionel Hampton. Deseo que pase algo, que le pase algo que impida que siga tocando hasta el infinito. No va a irse del escenario si alguien no lo saca, pienso. Alguien tiene que ir a buscarlo y decirle que el show terminó, que baje del escenario de una vez. A lo mejor está senil, sigo pensando, y perdió la noción del paso del tiempo. Es la medianoche ya. Pero no parece en absoluto un hombre de noventa años, un ancianito. Es el poder de la música, dionisíaco, dice mi hombre. Él está feliz, él lo pasó en grande. Este hombre no se va a morir nunca, murmura. Lionel Hampton se inclina por última vez, ante su público. Yo también me pongo de pie, aplaudo. Es el final del recital, ese hombrecito sale por el foro, exultante. Nos vamos a comer pizza.
PUBLICADO POR PATRICIA SUÁREZ ETIQUETAS: TXT LAS 5:35

http://discretoencanto.blogspot.com/2007/05/lionel-hampton-relato.html





The Lionel Hampton Orchestra in Prague, 1977, part 1 of 2.
Hampton: vib
Buckner: org
Cat Anderson: tp
Paul Moen, Eddie Chamblee (sax)
Billy Mackel: g
Frankie Dunlop: dr

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